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"6 DE SEPTIEMPRE 1983" Segunda Parte
Submitted by engel ariza on Fri, 2005-11-18 14:14. testimonio de conversión | Estados Unidos6 De Septiembre...Segunda Parte.
(TESTIMONIO DE ENGEL ARIZA HOY MINISTRO DEL EVANGELIO)
En la primera parte de mi testimonio terminé diciendo que a los cinco meses después de mi arresto la Corte me otorgó libertad condicional. La fianza de un millón de dólares que me habían puesto, gracias a la misericordia de Dios, se redujo a la firma de un fiador, mi amigo Henry Vega, y a la mía. Pues al haber transcurrido mas de 120 días sin que la Fiscalía me trajera a juicio, la ley automáticamente daba la potestad al Honorable Juez Sr. Clyde Atkins a liberarme de la cárcel por requerimiento de mi abogado, el señor Gerardo Remy.
Teniendo ya una relación íntima con mi Salvador, recuerdo que ese era mi tercer día de ayuno, cuando oí la voz de uno de los guardias diciéndome que recogiera mis perte-nencias porque estaba libre.
Era el mes de Enero de 1,984. El clima en Florida estaba bastante frío. No tenía nada de dinero conmigo. No tenía un abrigo. No tenía ropa. Había perdido mi automóvil y mi apartamento. Al salir de la prisión hice algunas llamadas sin ningún resultado. Por último llamé a mi socio cubano llamado Ricardo Gaetano. Deisy, su esposa, me contestó. Después del saludo me puso en espera mientras él tomaba la llamada. Llego a este punto solo para señalar, que con este socio tenía ciertas inversiones en común: un barco, un yate y dinero de un último negocio que hicimos, todo lo cual ascendía a más de cua-trocientos mil dólares.
Ahora, mientras esperaba que Ricardo me hablara por el teléfono, tiritando de frío fuera de la cárcel en un teléfono público desde el cual llamé, pues le pedí a uno de los guardias que me regalara $0.25 para hacer una llamada, sentí una voz dentro de mí que me dijo: ¿No te he sacado de la inmundicia? ¡No toques mas ese dinero!
Inmediatamente colgué el teléfono. Pedí perdón al Señor. Luego llamé al mismo joven que avaló con su firma mi salida y le pedí el favor de recogerme sin saber adónde iba a dormir esa noche.
Déjeme explicar otro tanto más sobre el agente federal que me arrestó, el sargento Price. Cuando ví en la televisión la noticia sobre su arresto, quince días después de ha-berme él arrestado, quedé impresionado. Jamás hubiera pensado que ese hombre era un traficante de drogas. Al día siguiente de su arresto uno de los reclusos se acercó a mi celda a las seis de la mañana y me dijo: - Levántate y mira a quien tienes de vecino – Le pregunté: ¿A quién? Me respondió: - A Joseph Price. En ese momento no sentí nada en contra de ese hombre, excepto pena por el error que él había cometido. Esa misma mañana, desde mi celda, llamé al sargento Price. Después de llamarlo dos veces me preguntó: ¿Es usted el señor Ariza? No nos podíamos ver los rostros.
Le dije: - Sí. Le pregunté qué había pasado y me dijo: - Errores. Luego agregó lo siguiente: - Recuerdo su arresto. Usted parece un buen hombre solo que se equivocó de negocio, además, usted no va a tener problemas con su juicio porque la mercancía que llegó al laboratorio, fue una mercancía diferente a la suya - Aproveché esta conversación para decirle que yo estaba muy agradecido con él por haberme arrestado, porque esa misma noche yo había tenido una experiencia con Dios en esa celda. Que había encontrado allí una Biblia y que me sentía muy contento. El se alegró mucho y me pidió que orara por él, por su esposa y por sus hijos. Esa tarde y el día siguiente jugamos ajedrez de una celda a la otra. Los otros reclusos que veían esto se burlaban. Lo que ellos no entendían era que algo había sucedido dentro de mí.
Como dije anteriormente, salí en libertad condicional. Esto me requería llamar dos veces por teléfono a la Oficina de Probatoria, además de ir a firmar dos veces un libro que garantizaba mi presencia física en el país. Aún cuando todo eso estaba bien, mis pro-blemas personales continuaban. No tenía dinero conmigo, no tenía trabajo ni tenía casa. Un amigo me abría por las noches el carro de su mamá para que yo durmiera allí, pero a las seis de la mañana regresaba a abrirlo para que yo saliera. Me acerqué a la Iglesia Bautista para pedir ayuda y no la recibí. Eso no indica que ellos no ayuden, simplemente era un trato de Dios conmigo. Sin embargo, Dios me abrió un lugar donde pasar la noche. El hermano Armando Rodríguez abrió la primera radio cristiana en Miami (Radio Hispano Cristiano) en el horario de 10:00 PM a 6:00 AM, y allí pasaba la noche ayudando en la emisora y teniendo compañerismo con los hermanos. Después de un largo mes de estar sobreviviendo así, conocí en la emisora al hermano Rafael Maldonado, uno de los cuatro ancianos de una pequeña congregación apostólica. Este hermano me llevó esa misma noche a su apartamento y me acomodó en la mejor cama sobre la cual he dormido en mi vida, ya que llevaba mas de siete meses sin dormir en una cama normal. Usted entiende lo que quiero decir... Era el mismo Dios en carne en ese hombre.
No solo me recogió en su casa, sino que me dijo lo siguiente: “Engel, creo que usted debe descansar un poco. Quédese aquí tranquilo el tiempo que sea necesario. Lo que está en la refrigeradora tómelo con confianza. Pero lo mas importante es que usted ore y estudie. No necesita ir a un Instituto Bíblico. Aquí tiene mi biblioteca. Estudie las Escrituras y anote lo que no entienda para que lo estudiemos por la tarde cuando yo regrese del trabajo. Aquí hay libros de Teología, Hermenéutica, Evangelismo, en fin, estudie lo que desee. Prepárese. Dios tiene un plan para usted”. Así comenzó el Señor a obrar en esta nueva etapa espiritual a la cual entraba. Junto a estos cuatro preciosos varones del Señor y en esa humilde congregación apostólica, mi vida espiritual fue impactada por el amor genuino que fluía en medio de ellos. Esa fue mi primera experiencia sobre la definición de vida eterna. ¿Qué es vida eterna? Vida eterna es vivir para los demás! Tres años después el Señor me llamó a Su ministerio...
Yo debía continuar reportándome a la Oficina de Probatoria como dije anteriormente y la Corte me citaría para las audiencias finales. Como a los dos años Probatoria me dijo que no era necesario continuar reportándome con ellos. El tiempo continuó pasando y yo con-tinuaba creciendo en el servicio del Señor.
Mi caso aún estaba abierto pero la Corte Federal no me citaba aún, y eso no lo podía comprender. De tal modo que comencé a orarle al Señor para que El me guiara porque ya habían transcurrido ocho años de estar en la nación bajo libertad condicional. Durante todos estos años viajaba cada dos meses a Nueva York y otros lugares para ministrar al Señor y participaba en el Ministerio de Prisiones predicando cada quince días en el Penal de Indiantown en Florida e hice parte de los ministros miembros de la Coalición de Miami para una Comunidad Libre de Drogas. También eran miembros de esta agrupación Jueces, Fiscales y Detectives.
Como el espacio no me abundaría para continuar con tantos detalles resumiré lo que sucedió después de orar y pedirle a la iglesia que pastoreaba que me ayudara en oración por causa de mi caso aún pendiente. Escribí una carta al Juez Atkins. A los treinta días me respondió diciéndo que el archivo de mi caso se había extraviado pero que fue encontrado en Atlanta. Que terminara cualquier asunto personal que tuviera porque la oficina de alguaciles me visitaría para traerme a la Corte. Dos semanas después al regresar a mi apartamento, dos alguaciles se me acercaron. Fueron muy amables. Me dijeron por qué habían venido. Les dije que ya los esperaba. Luego agregaron lo siguiente: “Sabemos que usted es ahora un pastor y no qui-siéramos detenerlo aquí. ¿Por qué no llama a alguien de confianza para que traiga su carro de regreso y detenerlo fuera de su vecindario?” ¿Cree usted en la amabilidad de Dios y en su trato especial muchas veces con sus hijos? De esta forma aconteció mi regreso a la Corte frente al Juez Atkins.
Luego allí, para que la Fiscalía cerrara el caso tuve dos opciones: Declararme INOCENTE recomenzando un juicio o declararme CULPABLE. Me declaré culpable porque realmente yo fuí culpable delante de Dios por haber elegido vivir fuera de sus leyes. Pude posible-ente ganarle un juicio al hombre, pero ningún hombre saldrá inocente delante de Dios.
Para cerrar el caso, el Juez Atkins me sentenció regresar a prisión por el término de noventa días. Regresé gozoso y comencé a predicar en el campamento el Evangelio de Jesucristo y enseñar la sana doctrina. Un grupo de reclusos hermanos vió la luz gracias a Su misericordia. Pasaron los noventa días. Aunque debía salir no tenía prisa en salir. Estaba contento de servirle también allí al Señor Jesús. Esta vez, la Corte volvió a errar. No me asignó un abogado defensor y los noventa días se convirtieron en ciento veinte días. El Señor cuidaba la Iglesia en Miami y ellos oraban por mí.
Un compañero de prisión me habló sobre su abogado, quién venía a visitarlo al día siguiente. Al decirme su nombre supe que su abogado fue el Fiscal que me había acusado en mi caso. Ahora el señor Hershy no era ya un fiscal, sino que tenía su ofici-na legal privada. Le pedí a mi amigo que me dejara hablar con Hershy ese día. Cuando me tocó el turno de hablar con él se acordó de mí inmediatamente. Habían pasado ocho años. Quiero decir que el mismo hombre que Dios usó como un Fiscal en contra mía fue el mismo abogado defensor que el mismo Dios usó para para sacarme de la prisón esta vez. Tres días después de hablar con Hershy, el juez Atkins me dio la libertad final sobre mi caso.
Era un hombre libre y sin ninguna deuda federal pendiente con los Estados Unidos de América. El juez puso en alto públicamente en la sala mi conducta y estableció que nunca en su carrera penal tuvo un caso tan singular de un reo como yo.
Sucedieron dos cosas interesantes ese día: el Juez Atkins le dijo a los alguaciles que no necesitaban traerme delante de él porque habiendo investigado sobre mí sabía que yo era un hombre nuevo y que fueran a darme mi libertad, y en segundo lugar, los alguaciles me dijeron: Puedes irte. Estás libre. Y no se dieron cuenta que salí a la calle con el uniforme de la cárcel, lo cual es algo prohibido. Lo importante no es llegar a oir que el hombre nos diga que somos libres, y eso es una buena noticia para cualquier reo, lo importante es oir al Señor Jesús, decirnos: VETE Y NO PEQUES MAS, NO SEA QUE ALGO PEOR TE SUCEDA.
Exhorto a todo individuo que esté involucrado en cualquier tipo de narco actividad, lavado de dinero o adición a las drogas, que mediten en los caminos torcidos en que andan. Hay una trinidad satánica esperando: muerte, sepultura e infierno. Dios no envía a nadie al infierno, porque este lugar no fue creado para el hombre, es el mismo hombre el que escoge ir a este lugar. Con el cierre de las palabras de este testimonio, entrego toda la gloria a Dios porque El es bueno y misericordioso. Amén. 21/12/2000
"6 DE SEPTIEMPRE 1983" Primera Parte
Submitted by engel ariza on Fri, 2005-11-18 14:10. testimonio de conversión | Estados Unidos6 De Septiembre...Primera Parte.
(TESTIMONIO DE ENGEL ARIZA HOY MINISTRO DEL EVANGELIO)
Es un privilegio poder testificar acerca de la bondad de nuestro de Señor Jesucristo, ya que estando todos muertos en delitos y pecados El envió a Jesús a morir por nuestros pecados, redimirnos y sacarnos de las tinieblas a Su luz admirable para que anunciemos su obra de misericordia en nosotros.
Todo comenzó aquella mañana del 6 de septiembre de 1983.
Cinco años antes de esta fecha tomé la decisión de cambiar el rumbo de mi vida ingre-sando a negocios de tráfico de droga. Tenía algunas ventajas que para ese entonces me facilitaron un rápido ingreso al negocio: hablaba fluidamente inglés, conocimientos de Administración y excelentes rela-ciones públicas.
Pude conocer hombres que el transcurrir de los días delictivos les trajo una gran fama en el mundo criminal, pero en su mayoría unos fueron asesinados, otros están purgando condena y unos pocos se retiraron millonarios.
Regreso a aquella mañana del 6 de septiembre. Era la última operación que decidí efectuar. En ella puse todo mi empeño y operacionalmente todo fué un éxito. La heroína introducida en los Estados Unidos no pudímos mercadearla tan pronto como llegó, ya que nuestro comprador en Chicago, a través de nuestro contacto en Puerto Rico, tuvo pro-blemas de arrestos federales en su grupo.
Uno de nuestros socios, el piloto que había volado desde Colombia a los Estados Unidos con la heroína camuflada en las alas de nuestro equipo Cesna, se ofreció para ayudarnos en la venta, en lo cual estuvimos de acuerdo. Estábamos optimistas porque durante una semana estuvo negociando telefónicamente con el supuesto comprador que vivía en Georgia.
Aquella mañana del 6 de septiembre, sería nuestro día grande.
Bobby Jenkins, nuestro socio y piloto me llamó alrededor de las nueve de la mañana pidiéndome que estuviera con él al hacer la venta. Me negué a ello, pues en mi código de trabajo nunca negociaba con alguien a quien yo no conociera, lo cual me libró siempre de muchos problemas. Obviamente, él tenía temor porque la transacción era de un millón y medio de dólares. Dos personas que trabajaban para mí me sugirieron ir a respaldar a mi piloto en esa transacción, y acepté hacerlo.
Después que el piloto cruzó algunas llamadas alrededor de las diez y media de la mañana desde su casa con los compradores, nos dirigimos a un restaurante Howard Johnson para arreglar los movimientos de entrega.
Llegamos al restaurante y reiniciamos los tratos. Quince minutos después las personas que estaban allí fingiendo ser clientes, se levantaron empuñando sus armas y declarando que estábamos arrestados.
Es difícil de explicar cómo corren las emociones en esos momentos, ya que los fuertes y nerviosos gritos llenos de insultos, son las tácticas que los federales usan cuando hacen sus arrestos.
Fui arrestado a las once y media de la mañana bajo cargos de conspiración, tráfico y distribución de heroína. Mis brazos fueron esposados fuertemente a mis espaldas y fui sometido a un largo interrogatorio. Después de mas de diez horas de investigación me condujeron a un Centro Correccional de Máxima Seguridad. Eran casi las 12 de la noche de ese 6 de septiembre. La guardia del Correccional después de tomar huellas y recibir bajo custodia mis pertenencias personales, me entregaron entonces el uniforme de reo, y después de ponérmelo, me guiaron a través de uno o dos pasillos a la celda que me fué asignada. Aún recuerdo que era la 4B, en la Sección 6, y habían 8 celdas en total.
A la mañana siguiente me llevaron a la Corte Federal.
Después que la Juez escuchó los cargos de acusación de parte de la Fiscalía, me fijó una fianza de un millón de dólares, que por supuesto, yo no tenía. Después de esta audiencia me regresaron al Correccional y me prometieron que para mi próxima audiencia me asignarían un Defensor Público.
Meditando en ese momento en mi delito, yo sabía claramente que no existía ninguna posiblidad de recobrar nunca mi libertad, puesto que mi ofensa federal por tráfico de heroína era algo grave en los Estados Unidos. Esa mañana, en la Corte, aún sabiendo el problema en que me encontraba, me sentía tranquilo en mi espíritu. Usted puede preguntarse lo siguiente: ¿cómo puede un hombre frente a circunstancias tan adversas mantenerse tranquilo? ¿Cómo puede un hombre que ha hecho lo malo estar sosegado?
Déjeme compartir con usted la razón de mi sosiego.
Después de la medianoche del día que fui arrestado ese 6 de septiembre, y haber pa-sado por todos los procesos normales de ingreso a la prisión, uno de los carceleros me condujo a la celda que me asignaron. Era como la una de la madrugada cuando la reja de mi celda se cerró detrás de mí. Nunca podré olvidar el ruido fuerte y seco de esa reja. Creo que todo hombre que ha pasado por una experiencia carcelaria conoce perfectamente esa clase de ruido.
Minutos después de haberse alejado el guardia comencé a caminar por la estrecha celda donde solo había una dura cama de hierro y un inodoro blanco. Sobre la cama, una sábana doblada en lugar de almohada. Una como claraboya por donde penetraba el escaso resplandor de un farol externo. Pasaron como quince minutos. Luego, en mi celda entró un destello de luz que desapareció rápidamente.
Sé que fue algo sobrenatural , pues mis piernas se debilitaron al instante. Caí de rodillas. No pude evitarlo. Alcé instintivamente mis manos y mis lágrimas comenzaron a caer sobre mi rostro. Lloraba como un niño. No lloraba por temor a lo que me esperaba, sicológicamente, yo estaba preparado como cualquier narcotraficante a enfrentarme a la ley. No era temor, era algo interno ocurriendo dentro de mí y yo no podía controlarlo.
En esta maravillosa experiencia que me estaba aconteciendo comencé a hablar con El, con el Dios que solo de oídas conocía. Después de este contacto genuino con Dios, me puse de píe. Busqué mi cama y me senté. Había sido un día de mucha tensión. Estaba cansado. Hambriento. Entonces decidí acostarme. Al poner mi cabeza sobre la sábana que estaba allí doblada, algo me golpeó. Levanté inmediatamente la sábana y debajo de ella, estaba una Biblia. Cuando la ví me alegré inmensa mente. La tomé en mis manos y me puse nuevamente de píe, acercándome a la escasa luz que penetraba en mi celda. Abrí desesperadamente esa Biblia y al abrirla, Dios me llevó al Salmo 27, donde leí:
"Jehová es mi luz y mi salvación; ¿de quién temeré? Jehová es la fortaleza de mi vida; ¿de quién he de atemorizarme? Cuando se juntaron contra mí los malignos, mis angustiadores y mis enemigos, para comer mi carne, ellos tropezaron y cayeron".
Leí hasta el alba y luego el sueño me venció. Pero después de acostarme, tuve una visión de sueños de esta manera:
"Caminaba por un valle hermoso iluminado por una luz que no era la del sol. Iba cabizbajo y triste. De pronto ví los pies de alguien y me detuve, alcé mi rostro y entonces lo ví. Era un hombre de aspecto dulce y amable. Me preguntó: ¿Adónde vas? Le respondí: No sé. Entonces, extendiendo su mano, me entregó una pala y me dijo: Cava! Entonces comencé a cavar y al hacerlo encontré enterrado allí unos pergaminos. Los tomé en mi mano y le dije a El: Son unos pergaminos. Y El me dijo: Sí, son pergaminos, tienes que cavar diez hoyos y en cada uno encontrarás un rollo de pergaminos. Me puse inmediatamente de pie y me quedé mirándolo. Su rostro era peculiar, sus ojos miraban como ningún hombre mira, y su leve sonrisa era grandemente bondadosa. Se dió la vuelta y comenzó a alejarse de mí. Mientras se alejaba yo quería correr tras El. Luego, ví que se detuvo. Se volteó y me miró. Ví su sonrisa y había tanto amor en El cuando sonrió. Y luego, desapareció."
Solo quiero glorificar el nombre de nuestro Dios, mostrando la manera en que El vindicó el Salmo 27: Joseph Price, el sargento federal que había dirigido mi arresto fue arrestado quince días después bajo los mismos cargos que la Corte Federal de los Estados Unidos tenía en mi contra. Dios, en forma inexplicable, había preparado a este hombre para tomar mi lugar. El era el testigo principal de la Fiscalía, y el gobierno no lo pudo usar en mi contra debido a que este agente había perdido todo privilegio y credibilidad federal.
A los cinco meses de mi arresto, la Corte Federal, después de una serie de arreglos a través de mi abogado tuvo que darme mi libertad condicional. Ocurrieron otros hechos que la mano de Dios manejó, y que en una segunda parte de mi testimonio, detallaré para Su gloria y Su honra. Que Dios los guarde. 26/4/1999

